Por el Dr. Ángel Pérez
Artículo de opinión: En un mundo aún marcado por las consecuencias de la pandemia de COVID-19, resulta preocupante que otras amenazas sanitarias de alto riesgo continúen desarrollándose lejos del foco mediático. Una de ellas es el virus Nipah (NiV), una enfermedad zoonótica emergente con una tasa de letalidad alarmantemente alta y un potencial epidémico que merece mayor atención por parte de las autoridades sanitarias y de la sociedad en general.
El virus Nipah se transmite principalmente a través de murciélagos frugívoros del género Pteropus, considerados su reservorio natural, y de animales domésticos como los cerdos. La infección humana puede producirse por contacto directo con secreciones contaminadas, por el consumo de savia de palmera datilera cruda —una práctica común en algunas regiones de Asia— o incluso por transmisión de persona a persona. Este patrón de contagio revela una peligrosa intersección entre prácticas culturales, producción animal y falta de control sanitario.
Desde el punto de vista clínico, el Nipah es especialmente devastador. Sus síntomas iniciales pueden parecer comunes —fiebre, dolor de cabeza, dolor muscular o tos—, pero en muchos casos la enfermedad progresa rápidamente hacia una encefalitis aguda, provocando alteraciones neurológicas, coma y muerte. La ausencia de una vacuna o de un tratamiento antiviral específico agrava aún más la situación, dejando como única alternativa el manejo mediante cuidados intensivos.
Los brotes registrados desde su identificación inicial en Malasia entre 1998 y 1999, y su recurrencia en países como Bangladesh e India, confirman que no se trata de un evento aislado. Por el contrario, el virus Nipah representa un riesgo persistente, especialmente en regiones donde la interacción entre humanos, animales y ecosistemas naturales es estrecha y poco regulada.
Ante este escenario, la prevención se convierte en la herramienta más poderosa. Evitar el contacto con animales infectados, reforzar las medidas de higiene, controlar las prácticas alimentarias de riesgo y fortalecer los sistemas de vigilancia epidemiológica son acciones urgentes. Sin embargo, estas medidas solo serán efectivas si van acompañadas de educación comunitaria, inversión en investigación y cooperación internacional.
Ignorar al virus Nipah sería repetir errores del pasado. La historia reciente ha demostrado que las enfermedades emergentes, cuando no se toman en serio a tiempo, pueden convertirse en crisis globales. Actuar ahora no es alarmismo: es responsabilidad en salud pública.
